Historia de Luis – Parte 4

Varios días más tarde…

Héctor completamente desnudo a mi lado. Sin excitación. Yo abrazado a él. Sólo mi prenda interior me protegía de enseñarme tal como soy. Mis miedos eran grandes pero mi deseo de compartir con Héctor era más intenso. Él comenzó a meter su mano dentro del trozo de tela, delicadamente, con cariño. Notaba el rugoso movimiento de sus dedos comenzar a tocarme. No necesité mucho más para empezar a excitarme. Me acerqué a él para notar más su caluroso cuerpo contra mi piel.

El ardor de mi cuerpo crecía y mi respiración se aceleraba al notar el tacto de Héctor. Le miré a sus penetrantes ojos azules. Tenía una mirada segura, confiada, cariñosa. Sus manos seguían rozándome hasta meter sus dedos dentro de mí. Su polla, junto a mi barriga comenzaba a dar señales de movimiento.

Me quité mi última prenda de ropa para poder notar más su cuerpo contra mi piel. Acercó sus labios hacía los míos mientras le miraba a sus preciosos ojos azules. No pude negarme y acepté su cándido beso. Rodeé su mano, que tenía dentro mío, con la mía. Le enseñe con sutileza cómo quería que me tocase y le ayudé, con el mismo cariño con el que me estaba tratando, la forma ideal para darme placer. 

Héctor aprendía rápido. Mientras él me exploraba yo aproveché para coger su falo. Este había dejado atrás su prepucio para asomar su gran glande. Empecé a pajearle sin dejar de darle pequeños besos por su cuello, por sus pezones, por su ombligo, … Al llegar a su polla seguí con ligeros lametazos en su punta. Antes de poder reaccionar, Héctor se cambió de posición y, apoyó su cara entre mis piernas para comenzar a lamer todo de mí. Mis labios, mi clítoris, … mi agujerito estaba a merced de su lengua y todo lo que quisiera darme. No hacía falta explicarle, era todo un experto.

Empezaba a notarme muy húmedo y debía estar dejándole la cara toda mojada. Los temblores que tenía de placer no eran normales y no podía retener mis gemidos más tiempo. Podía ver la estirada y perfilada espalda de Héctor desde mi visión. Era ruda y musculosa. La imagen era perfecta. Comencé a gemir según sentía el movimiento de su lengua.

Cuando ya estaba tan excitado que no podía más, Héctor debió notarlo y levanto su cara para mirarme; acto seguido, sonreírme. Su picarona sonrisa me hacía dudar sobre lo que quería hacer.

Héctor agarró ligeramente mis caderas, me volteó y volvió a agachar su cabeza, esta vez, entre mis nalgas. Comenzó a comerme el culo con ganas, con lametazos fuertes y húmedos. Yo gritaba su nombre. Quería que siguiera, que siguiera y no parara.

Una vez tenia toda su lengua dentro de mi culo y lo tenía todo ensalivado, paró. Se levanto de golpe y pude ver de reojo su fibrado torso apoyarse sobre mí. Notaba como acercaba la punta de su polla ligeramente entre mis nalgas. Comenzó a juguetear.

—Métela, Héctor —le dije. No obtuve ninguna respuesta.

Me alegré de haber quedado en hacernos la pruebas antes de vernos, así podíamos disfrutar sin preocupaciones este momento.

Héctor comenzó a empujar dentro de mí todo su miembro. Con cariño, cuidado y sin pausa fui sintiendo como dejaba caer su cuerpo sobre mí y, con ello, su falo entraba por completo en mi interior.

Tenerle dentro mío era tan excitante como doloroso, aunque estaba deseando que me embistiera bien fuerte.

Mis deseos no tardaron en hacerse realidad.

Héctor era pura energía y lo transmitía en su manera de follarme. No me dio tiempo a gemir ni a decir su nombre, sólo notaba como metía y sacaba su polla de dentro de mi culo con una ferocidad que no le había visto nunca.

—Luis, te gusta que te folle, ¿eh? —decía mientras me giraba el cuerpo y me ponía de cara a él.

Cogió mis piernas y las apoyo encima de sus hombros. Su gran polla hacía fácil cambiar de posiciones sin que dejara de penetrarme.

—Tócate mientras te follo —dijo mientras comenzaba de nuevo a follarme con ese ritmo tan frenético. Apoyé la yema de mis dedos sobre mi clítoris y lo froté con fuerza. Le miraba a los ojos, el sudaba y, eso me ponía todavía más.

Esa penetración tan intensa me hacía notar de nuevo ese tembleque en la espalda. La excitación estaba llegando a su clímax. Mis piernas comenzaron a temblar.

—Héctor. ¡Dios!, ¡Dios!, ¡Dios! —gritaba mientras él seguía follándome. El orgasmo llegó, tan intenso que se me engarrotaron un poco los músculos de las piernas y me desgarré gritando como hacía mucho que no lo hacía. —No pares, sigue follándome. ¡Joder! —. Seguí después del orgasmo. Héctor siguió mis instrucciones y no paró. Él continuó de forma más entrecortada, perdiendo ritmo pero aumentando la intensidad de sus embestidas. Se iba a correr, estaba claro.

Alargué mi mano sobre su cuello y tire de él hacia mi boca. Le di el beso más húmedo que hasta ahora no le había dado. Se comenzó a estremecer y empujó su pene con fuerza contra mi culo. Se estaba corriendo dentro mío, lo notaba. Tiró con fuerza mi sujeción y pegó un grito desgarrador que probablemente escucharían mis vecinos.

Héctor cayó rendido sobre mí sin energía. Nos miramos de nuevo a los ojos y nos besamos. Un tierno y cercano beso que nos unía más despues de todo lo que habiamos experimentado.

Hector no tardó mucho en irse. Aproveche que no tenia sueño para dedicar parte de la noche a escribir una carta con todo lo que empezaba a sentir por él. Quería que pudiera guardar en papel mis sentimientos. Un llamativo sobre rojo sería el más indicado para entregárselo.

Pasaron cuatro días desde nuestra noche perfecta con cena y sexo. Cuatros largos días sin saber nada de él. Estuvo desaparecido hasta la llegada de un “poco cercano” mensaje. ¿Qué significaba esto?

Luis. Siento haber estado algo desaparecido.

Mañana es mi último día.

¿Te parece si vienes a despedirme a la estación y te explico bien?

Por fin una noticia suya. Seguro que tenía una explicación para todo esto. Héctor no me dejaría nunca de hablar sin más, hemos empezado a compartir una intimidad especial. Nuestra intimidad era diferente a todo.

Y así llegamos a donde estoy ahora, en la estación de tren delante de la cinta de rayos X. Pensé que sería un sitio por donde seguro pasaría. Hay mucha gente en movimiento y no ayuda nada a mis nervios. Tengo nerviosismo e ilusión a partes iguales. No estoy acostumbrado a moverme por la estación y menos con esta incertidumbre. Pero, ¿dónde está él? ¿No viene?.

—¡Luís! —escuché un grito desde la lejanía.

Héctor venía apresurado con la maleta agarrada de su mano dando pequeños botes al ritmo de su paso.

—¿Tiene prisa? ¿Habrá pasado algo? —pensé. Como de costumbre viste sus ropas de chandal y camiseta básica.

—Héctor. ¡Qué bien! Por fin —dije. Aproveché para acercarme y darle un tímido beso en la mejilla—. ¿Todo está bien? Has estado desaparecido —continué.

—Sí. Lo siento —respondió él girando la cara y mirando hacía la entrada de las vías. Su mirada estaba distante. Ya no tiene su típica forma de mirarme fijamente a los ojos.— Verás, Luis. No puedo continuar con esto. Lo siento. Tengo prisa. El tren se va —. Finalizó de golpe. No tuve tiempo de reaccionar. Sin apenas pestañear se acercó junto a su maleta a la cintas. Estaba petrificado y cuanto más se alejaba más petrificado me sentía

—Pero… —alcancé a decir con un tenue sonido. Héctor no lo escuchó y prosiguió su camino sin mirar atrás. Su espalda girando hacía las escaleras de entrada a la vías fue mi última visión de él. Desapareció, del todo.

Un dolor insoportable inundó mi pecho. Mis dedos fueron incapaces de sostener el sobre rojo que contenía mis sentimientos hacía él. Este se acabo escurriendo de mis manos para caer lentamente en el gélido suelo de la estación. No pude contener el llanto y las lagrimas empezaron a caer por mis mejillas. ¿Cómo podía ser esto posible?

Héctor era el chico sin excusa, sin duda. Se fue, me destrozó, y no había excusa a la que poder agarrarme para poder avanzar.

Se acabó.

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