Historia de Luis – Parte 3

Esa misma noche …

Me bajé los pantalones, me senté en el frio retrete y, móvil en mano, empecé a ver los videos eróticos que Héctor me pasaba tiempo atrás. Solo de verle ligeramente vestido me producía una excitación incontrolable. Sus brazos sutilmente musculados asomando por las mangas de su camiseta, su cuerpo mojado y con un paquete apretado en su bañador en sus fotos de verano, juegos tontos solo con un pantalón de chándal puesto mientras movía su pelvis de forma sensual, su sonrisa, su penetrante mirada, su culo apretado en sus típicos bóxers negros. Estaba claro que deseaba tenerlo entre mis brazos otra vez.

Ya con mis gayumbos en mis pies comencé a rozar mi entrepierna. Los movimientos bruscos e hipnóticos de Héctor en sus videos me hacía recordar el rugoso tacto de sus dedos. El roce de la yema de los míos tocando mis labios, mi clítoris, me comenzaba a producir un temblor en mi cuerpo más que placentero. La imagen de Héctor rozándome mi parte más íntima con ese tacto tan peculiar de sus dedos solo hacía que mi excitación creciera más todavía.

Héctor es bastante exhibicionista, le gusta su cuerpo y sabe que a los demás también. Siempre que se lo pedía no dudaba en mostrármelo. Continué pasando sus fotos y videos sin descanso: Héctor en boxers negros levantando pesas, Héctor frente a su espejo en el baño desnudo asomándole su vello púbico, un primer plano de el grande y suculento miembro de Héctor, Héctor tocándose en el sofá, … ¡Vaya book tengo de él!

Mientras seguía acariciando mi placentero clítoris aprovechaba para meter un poco la punta de mis dedos en mi pequeño agujero. Era como si Héctor estuviera ahí cumpliendo mis deseos. Cerré mis ojos para imaginarme las manos de él rozándome entero. Me humedecía solo de visualizarlo.

Un escalofrío comenzaba a recorrer mi columna vertebral, ese cosquilleo previo al orgasmo empezaba a recorrer mi cuerpo. No tuve duda y me puse el video en qué Héctor lanzaba ese gran disparo de leche por encima de su pecho ligeramente rasurado, era intenso. Me ponía a mil hasta erizarme la piel y notar temblores en mis piernas. No podía más.

— ¡Dios! ¡Dios!, ¡Jodeeer! — Grité sin pensar en dónde me encontraba. Exploté de placer durante varios segundos mientras imaginaba mi último encuentro con Héctor. Ese orgasmo era lo que más necesitaba antes de mi cita.

Limpié mis dedos, mis labios y me vestí.

Estaba en el baño del restaurante en el que habíamos quedado. Mi grito parecía haber llamado la atención del hombre que se encontraba en el urinario justo al salir de la puerta del retrete. Avergonzado y sonrojado agaché la cabeza, me lavé las manos rápidamente y salí a la entrada del local a esperar a Héctor.

Sin tiempo para reponerme, vi a Héctor esperando en la puerta.

— Anda, si ya estás aquí. ¿Qué hacías dentro? —. Dijo Héctor con una gran sonrisa. Se acercó a mí y me dio un beso en los labios que me dejó completamente de piedra.

— He entrado un momento al servicio. Estás muy guapo —. Le dije mientras le observaba de arriba a abajo. Llevaba una camisa de color azul marino con un pantalón de vestir color negro. Me sorprendí gratamente de su vestimenta de hoy. Héctor solía vestir con ropa deportiva y sin mucho interés por la combinación de colores. En esta ocasión iba especialmente elegante, de pies a cabeza.

La insistencia de Paula en ir de compras sirvió para sentirme ahora mismo igual de elegante que él. ¿Pensará la gente que hacemos buena pareja?

— ¿Te gusta lo que llevo? ¡Qué bien! —. Dijo él con una mueca curiosa. — No acostumbro a llevar estas ropas pero pensé que la ocasión lo merecía —. Siguió diciendo con una gran sonrisa mientras alargaba su mano para coger la mía. — Vamos para adentro, entonces —. Acabó de decir tirando de mí y empujando la puerta del restaurante.

El restaurante era especialmente luminoso, con columnas grandes que llegaban hasta el techo pero con decoraciones metálicas. Parecía que entráramos en un pequeño local lujoso de New York, al menos por lo que me había parecido ver en las películas. Nos acompañaron a mesa con una educación a la que no estaba acostumbrado. Cogí la carta rápidamente para evitar un contacto visual demasiado directo una vez sentados en la mesa.

Los platos eran muy raros. No entendía casi nada. La situación me estaba empezando a parecer un poco angustiosa y notaba como la vergüenza se me subía a la cabeza ¿Qué demonios eran esas comidas?. Tajine de Pato con almendra y magret de castañas. ¿Esto es en serio?. ¡Vaya precios!.

¿Por qué le preguntaría a Paula donde ir? Es bonito, sí. Pero ¿Qué pinto yo aquí?

La ansiedad me hacía temblar el cuerpo, sudaba por todos mis poros y el cuello de la camisa me apretaba demasiado. ¡Qué calor!. ¿Quién había apagado el aire acondicionado?. 

— ¿Qué vas a pedir? —. Dijo Héctor tan normal. — Has elegido un restaurante con platos tan raros que no sé que quiero. No entiendo ni la mitad —. Siguió Héctor con una gran naturalidad. — Recuerdo que te gustaban las cremas, ¿no? —. Continuó diciendo tan normal.

— Eh, sí. Las cremas de verduras me gustan bastante —. Dije yo con la voz un poco temblorosa y muy sorprendido de su calma en una situación así.

— Perfecto entonces. Voy a preguntar —. Dijo él levantando la mano para llamar la atención del camarero que nos había atendido. Mi ansiedad bajo y la tranquilidad comenzaba a adueñarse de mi cuerpo. Me dio tiempo a fijarme en el camarero al llegar. Ojos azules, pelo cobrizo y una forma de caminar extremadamente sexy. Realmente Héctor me hipnotizaba, tanto que había dejado de fijarme en otros chicos. — Mira. No entendemos bien la carta, pero ¿nos pondrías una crema de verduras? La más rica que tengas a cada uno y, luego, un plato de patatas fritas para compartir —. Dijo mirando fijamente a los ojos del camarero. — Es que me encantan las patatas fritas —. Finalizó girando su cara hacia a mí y esbozando una picarona sonrisa.

La cena siguió con risas, una conversación bien entretenida y con algunas miradas sensuales del uno al otro. La magia entre los dos estaba servida y parecía que el tiempo solo remaba a nuestro favor puesto que cuanto más compartíamos más queríamos el uno del otro. Sin darme cuenta, ya habíamos llegado al postre y todavía no había comentado nada de lo debatido con Paula. No podía dejar pasar esta oportunidad, era tan especial y él era tan comprensivo que seguro que ser sincero sería lo mejor.

Los nervios se apoderaban de mí otra vez. Quizá no era el mejor momento para decirlo. A lo mejor no sería tan aceptador como pensaba. Lo mejor sería no arriesgar este bonito momento por un simple instinto de sinceridad repentina. Sí, eso seria lo mejor.

— Cariño, ¿te encuentras bien?. Estás casi temblando —. Me dijo de repente Héctor. Me miraba con una expresión de preocupación. Parecía que todas mis dudas se estaban reflejando en mi cuerpo y mi expresión sin darme cuenta. —¿Estás nervioso por algo? —. Continuó él acercando su mano a mí para darme unas pocas de caricias en mi brazo.

El nudo en mi garganta cada vez era más grande. Tenía que hacer un salto de fe y confiar en él.

— Soy trans —. Finalicé.

Héctor lo escucho y, las mesas adyacentes a nosotros también. Sus comensales parecían especialmente sorprendidos.

De repente, sentía que el silencio se apoderaba de la sala.

Héctor me miraba con sus azules y penetrantes ojos. Parecía serio. Su mirada me hacía sentirme inseguro. ¿Habré hecho bien?.

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